Por Margarito López Ramírez.

 

Ya como verdad o mera fantasía, los ancianos, que presenciaron el inicio del  siglo XXI, decían que, en la cueva enclavada en la base rocosa de El Cerro Pacho, situada muy cerca de la barranca de Chompito y el Resumidero en las inmediaciones de la laguna de  Tixtla de Guerrero, México, habitó un hombre enigmático, huidizo, ermitaño,…Nadie de los hablantes afirmaba haber convivido con él; algunos aseveraban haberlo visto desde  muy lejos, y otros daban rienda suelta a su imaginación partiendo de lo que se supone habían escuchado en las apasionadas  discusiones de sus vecinos.  Pero todos lo asociaban con millares de diminutos sapos que invadían, en el amanecer del primer día lluvioso de cada verano, los campos y caminos del entorno tixtleco; lo relacionaban con la aparición de ajolotes que pululaban en las aguas lodosas de los charcos, el croar constante de sapos  agazapados en escondrijos acuosos, y la presencia de pequeñísimas ranas de ojos saltones y color verdes tierno de tamaño apenas superiores al de la uña del pulgar de un adulto que se balanceaban sobre ramajes y hojas pegajosas de artemisas flotantes en las aguas de la laguna. En este decir, los labriegos hacían hincapié en la repentina desaparición de los sapitos negruzcos: afirmaban que, salvo aquéllos que  habían perecido bajo los pies de los transeúntes o las patas de las recuas en movimiento, ni uno solo de ellos se  divisaba en el amanecer del día siguiente de su aparición.

 

En los relatos salía a relucir que en una noche de plenilunio se le había visto, encaramado en lo alto de una enorme piedra situada en la orilla de la laguna, cubierto de ramajes y algas; un cazador nocturno juraba haberlo observado en actitud solemne al tiempo que sapos y ranas emitían su croar en tonos diversos propiciando sinfonías que resonaban sobre sembradíos, el caserío que alberga la población y las aguas de la laguna protegidos por las elevaciones montañosas que circundan el valle.

 

He ahí que durante mucho tiempo, El Viejo Ranero, de quien se decía que se alimentaba de algas, ramajes y hablaba el lenguaje de los sapos y las ranas, anduviera en la alharaca de los lugareños que, en las madrugadas  saturadas de tlapayautlis, escuchaban lo que parecía ser un “un concierto saperos”.

 

Más, como nada es eterno, después de haber transcurrido muchos ayeres, la figura de ese hombre  enigmático, huidizo, ermitaño, se diluye en la neblina que trae consigo la indiferencia; salvo algunas personas que atraen su nombre cuando hablan de la contaminación existente en las aguas de la laguna y los cauces de los arroyuelos de Coxtlapa, Xaltipán, Tezahuapa y Cocuilpan, lo grueso de la población no menciona “La cueva del viejo ranero”, ni saben por qué se llama  “Barrio de Cantarranas” a uno de los asentamientos humanos, participantes en la fundación de lo que es ahora la ciudad de Tixtla de Guerrero. Aunque, allá de vez en cuando, no deja de existir alguien que, imprimiendo a sus palabras un dejo nostálgico, suele decir: “El Viejo Ranero, emergió de las aguas y transitó por el rumbo del paraje Mechazingo; bajo la luz tenue reflejada por la luna y la llovizna constante del tlapayautli, caminó al tiempo que ranas y sapos lo seguían y croaban; ¡se alejó, y jamás volvió!”.

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